martes, 29 de octubre de 2013

Hades y Perséfone.


- Quédate - dijo ella con la inocencia de una niña y los ojos a rebosar de emoción ingenua. 

Corría a toda prisa el mes de Octubre, las brujas salían de sus casas disfrazadas de princesas, calabazas o pintorescos personajes de la Edad Moderna. 

Ellos habían programado una reunión épica, llena de cantos, costumbres célticas, hogueras de la inquisición e imágenes inquietantes, relucientes. Imágenes intencionalmente diseñadas para perturbar a primera vista y enamorar tras contemplarlas de nuevo, y escuchar su historia. Un verdadero día de las brujas.

La celebración iba a tener cabida el sábado primero de Noviembre en la casa del más peculiar de los personajes, el más reservado, de mirada profunda inundada de tristeza. La finca de Arturo era el lugar perfecto para un evento de tal magnitud. 

Toda la sociedad heterogénea que sonreía al unísono había sido convocada: mujeres puritanas, mojigatas, soñadoras y libertinas constituían el selecto grupo, juntó a hombres risueños, fáciles, serios, tomadores y melancólicos. Era un espectáculo digno de ver, diferentes pensamientos reunidos ante una copa de vino, imitando los dioses mundanos del Olimpo que no se distinguían por su serenidad y equilibrio. 

Los planes de Sofía eran perfectos, una fiesta, una sonrisa, tal vez un beso. Arturo no tenía nada que perder y ella lo había apostado todo hacía tiempo, no había vuelta atrás, nada podía estropear lo que se había premeditado. 

- Debo irme - Le dijo Arturo - No será por mucho tiempo. 

- Vete el domingo, si quieres cancelamos todo, pero no te vayas hoy - Sofía tenía miedo de que al viajar se rompiera esa felicidad que había entre los dos, esa complicidad que casi podía tocarse. Curvó los labios, los ojos se le llenaron de lágrimas, logró esa mueca, ese gesto que Arturo detestaba, que le partía el corazón.

- No vamos a cancelar nada, el viernes tu serás Perséfone y yo seré Hades. 

La conversación terminó ahí, el tema no se volvió a mencionar. 

**


La organización de la magnifica fiesta entretenía a todos los invitados, a todos menos a dos.  Sofía y Arturo habían construido una burbuja, lejos de las noches oscuras y lluviosas del mundo, lejos de la fría ciudad. Por fin Arturo había logrado cerrar esa burbuja, había sellado esas últimas grietas y ahora era completamente impermeable a los odios de Alexa, que amenazaba con finalizar su existencia si Arturo no volvía de rodillas, pidiendo perdón y arrojando esa burbuja -con Sofía adentro- al mismísimo infierno. 

Alexa era una persona de semblante pálido y tez grisácea, daba la impresión de siempre estar enferma. Tenía senos pequeños, ojos adormilados y un carácter intensamente explosivo, capaz de sacar de quicio a Gandhi en 5 minutos. Por otro lado, Arturo era reservado, reflexivo y melancólico. Vivía en el pasado, en el recuerdo de su madre, vivía en el ayer. Arturo y Alexa compartieron sus sueños hasta una noche despejada donde Alexa cometió el error de dejarse ver en público con un hombre corpulento, de manos pesadas y ojos furiosos en el bar "Tablones", sobre la avenida las Palmas. Arturo pasaba todos los días por "Tablones" camino a casa, siempre le pareció un lugar muy ruidoso y lleno de gente vacía. Una noche escuchó alguien que gritaba, su voz se alzaba sobre la música desafinada. Al girar la cabeza se encontró con los ojos de Alexa, pero los ojos de Alexa no encontraron los de él. Un hombre de 1,90m de estatura le gritaba "Tu eres mía, no de ese hijo de puta que no te lo clava como te gusta. Eres mía porque quieres más mi verga que el dinero de ese maricotas." 

Sofía era una niña soñadora, 7 años menor que Arturo. Vivía entre murallas de libros y fantaseaba con historias digna de escribir. Había decidido delegar la tediosa tarea de enamorarse sin remedio a esa melancolía característica de Arturo, quería llenarlo de alegría y llevarlo a su mundo amurallado para verlo sonreír. 

**

Arturo le había dado a Sofía una copia de las llaves de su casa. Ella la conocía bien, había memorizado cada cuadro, cada esquina, cada partícula de polvo para encontrar la forma de mantenerlas en perfecta armonía con el corazón de Arturo. Entró a la casa, sirvió un poco de leche de vainilla que tanto amaba y entró a buscar el hermoso violín que Arturo había comprado para escucharla tocar. 

Arturo parecía conocerla desde la punta del dedo gordo hasta las cejas que se escondían tras las gafas color café. Había detallado sus labios rosados, su pelo desordenado, sus lentes siempre sucios, sus dedos callosos por el dulce roce de las cuerdas del violín, su manía de comerse las uñas y el pelo... Pero lo que más había detallado era sus sonrisas, todas, las de sorpresa, emoción, burla... Todas... 

Sofía entró al cuarto. Una sonrisa sincera se dibujó bajo sus cachetes que se sonrojaban lentamente, sin dejar rastro de discreción. 

- Hola, pequeña. 

- Hola, grande. 

Se miraron, sabían que no era necesario más para sentirse bien. Hablaron de música, estrellas, constelaciones, recuerdos... Era perfecto, el momento era perfecto. Podía retratarse y no se había logrado plasmar ni la mínima parte de su cómodo aroma, de las cosquillas, de las sonrisas...

**

- Yo sabía que estabas con Sofía, ella montó todo ese escándalo descomunal para alejarte de mí, pero no te preocupes, no vas a extrañarme más. - Alexa aun conservaba un juego de llaves. 

Se fue tal como entró, sin decir más. Antes de salir tiró un florero al piso, esperó a que el sonido del cristal quebrándose inundara la casa y desgarrara la perfección que habían construido Sofía y Arturo. Volteó la mirada, sonrió y cerró la puerta. 

**

- Alexa no me contesta. - Por la cabeza de Arturo sólo pasaban las múltiples veces en que la había llevado a un centro de reposo por tratar de atentar consigo misma. 
- Deberías ir a buscarla, sólo para asegurarte que está bien. - Al pronunciar estas palabras Sofía se arrepintió, si él iba tras Alexa, ella iba a volver a estar sin él.
- No, eso es lo que ella quiere.
- Ve - Dijo Sofía con tono severo.
- Voy a pasar por su casa, hablaré con ella y vuelvo. 

**

Sofía se fue en taxi a su casa, no quería que Arturo viera la angustia en sus ojos... Se había propuesto no ver a Arturo hasta el viernes, día en que partirían hacia la finca para la esperada fiesta. 

Arturo tomó la billetera, las llaves de la camioneta y un saco negro que Sofía adoraba, se subió a la camioneta y condujo despacio. Escuchaba "The dark side of the moon" de Pink Floyd mientras conducía. Pensaba en la forma en la que Sofía había salido de la casa, en el abrazo que le había dado antes de subirse al taxi, en el beso que le había robado para obligarla a sonreír. 

Parqueó. 

Se bajó de la camioneta. 

Miró fijamente a los ojos a esos dos hombres que se acercaron a él.  

El cuchillo  se deslizó rápidamente sobre  el saco negro que Sofía adoraba, la camisa, el pecho... Hizo un corte tan preciso que parecía quirúrjico. Se deslizó nuevamente por la espalda, el abdomen, las costillas, una y otra vez. Si se ponía suficiente atención podía escucharse como cedía la blanda carne blanca a la caricia del filo, como brotaba la sangre roja que antes paseaba por el noble corazón del personaje que fácilmente fue endiosado para los más nobles propósitos de redacción. 

Un grito ahogado se atoró en la garganta. El grito chocó abruptamente con el reluciente metal bajo la luz del moderno farol, trató de buscar otra vía de escape y encontró un agujero donde antes había tejido vivo, palpitante... 

Cerró los ojos tal vez buscando la llave que abriría el nirvana. No la encontró. En cambio lo invadió ese deseo natural de seguir viviendo, esas ganas de volver a ver a Sofía y robarle un poco más de inocencia, o no verla jamás. Esas ganas de ayudar al hijo del conductor que ya casi tenía 8 años y no tenía dinero para comprar ese carro con control remoto que tanto quería. Tal vez pensó en la niña campesina que vivía en la finca y quería ser princesa sólo mientras cumplía 15 años y a la que él le había prometido un vestido, un vals y un príncipe. Lo invadieron esas ganas de volver a ver a Alexa, abrazarla y hacerla entender que eso que ella vive no es la vida. Esas ganas de tomar, besar, sentir un orgasmo, comer pasta, fumar, drogarse un poco, vivir.

Arturo era un hombre destinado a no vivir mucho, tenía hemofilia tipo A -del tipo leve-, la hemofilia se extendió por toda la acera, manchando de rojo las diminutas piedras blancas que había en frente de la puerta de la casa de Alexa, que miraba silenciosamente desde la ventana. 

Sofía lo iba a amar el resto de su vida.

- Belcebú

sábado, 26 de octubre de 2013

Estar jodido

  Uno sabe que está jodido cuando se toma una botella de vino sola, en la casa, pensando en lo que pudo ser la vida si años atrás no se hubiesen cometido tantos errores.
  Uno sabe que está jodido cuando está en la oficina, le baja el periodo y se mancha. 
  Uno sabe que está jodido cuando deja de hablar para estar más tiempo nadando en fantasías en lo más profundo de su alma, cuando prefiere la ficción a la realidad y cuando no soporta mirarse a un espejo.
  Uno sabe que está jodido cuando ni los obreros lo morbosean.
  Uno sabe que está jodido cuando lagrimea en el transporte público, cuando solloza en un café y cuando se queda bajo la lluvia esperando que las gotas lleguen a algún lugar del corazón y limpien algo que no está bien.
   Uno sabe que está jodido cuando le ceden una silla para discapacitados, mujeres embarazadas o niños.
   Uno sabe que está jodido cuando le toca hacer fuerza para no llorar, cuando se muerde los labios para reír y cuando lee para olvidar.
   Uno sabe que está jodido cuando dice "Todo está  bien" o cuando pronuncia "Estoy de mal genio" para disimular algún otro sentimiento.
   Uno sabe que está jodido cuando desempaca cosas y llega a la caja que dice "delicado" donde hay cosas tan bonitas, tan llenas de recuerdos que las bota a la basura, para que no puedan hacer más daño.
    Uno sabe que está jodido cuando pierde las llaves o la tarjeta de identificación.
   Uno sabe que está jodido cuando no tiene para el bus, o cuando no le importa no tener para el almuerzo porque sabe que ese nudo en el estómago no se va a deshacer y no va a sentir hambre.
   Uno sabe que está jodido cuando se obliga a comer, a ir a fiestas o a socializar. Cuando se obliga a no fumar, a no tomar, a no suspirar, cuando se obliga a ser fuerte y no comportarse como un niño pequeño para no hacer berrinches por cosas que ya no tienen sentido.
   Uno sabe que está jodido cuando pisa mierda, cuando no hay papel en el baño, cuando se acabó el mercado, cuando no hay internet, ni televisión, ni hay nadie a quien llamar.
   Uno sabe que está jodido cuando le cortan el celular y nadie lo nota, cuando no va a trabajar y nadie lo pregunta, cuando no habla con nadie y nadie lo extraña.
   Uno sabe que está jodido cuando necesita alguien con quien hablar en la noche y todas las fiestas son más importantes que uno.
   Uno sabe que está jodido cuando se le para un halcón encima. 


  Uno sabe que está jodido... Cuando hace una lista para saber que está realmente jodido.

- Lula

jueves, 24 de octubre de 2013

Viajar

Hoy lagrimié de pensar que Nicolás no va a tener más donde encontrarme... Después pensé en lo estúpida que soy al pensar que va a buscarme...

lunes, 21 de octubre de 2013

Miento.


Las mujeres prefieren la gastritis que la diabetes... Me lo dijo alguien hace poco. Para mi eso es una total mentira. Miento.

Soy una persona que no confía en nadie porque soy capaz de decir mentiras con tal fluidez que parecen espejismos, pero juro solemnemente que me voy a enamorar del próximo que sea transparentemente dulce conmigo. Miento.

Hace años no me invitan a un plan de comer helado, salir a un parque o ver un atardecer. Ahora todos los planes son amargos como el café y peligrosos como el Tequila. Todos los planes involucran un cuarto oscuro, manoseadas, indirectas, lascivia y demás. Ya nada involucra hacer reír al otro, mostrarle los placeres de la Nutella sobre un pan tostado o preocuparse porque no sienta frío mientras se está en el parque hablando sobre las nubes que se acumulan en las neuronas y hacen figuras graciosas sobre las pupilas. 

Le juré amor eterno a alguien que me llevaba a comer maíz de colores, que me hacía reír con apuestas en el parque, que disfrutaba untarme una malteada de macadamia en los cachetes y limpiarme con la servilleta que tenía chocolate. Miento. Le juré amor eterno a alguien que me perseguía entre los cafetales con el afán de que yo no parara de sonreír ni encontrara una serpiente venenosa, a ese que me regalaba flores de dulce y lunas de chocolate blanco. Miento.

Creo que uno puede jurar amor eterno cuando es pequeño porque en ese entonces todo es más dulce, porque los planes vienen cargados de alegría y la vida no alcanza para sonreír lo que soñamos... Pero ahora somos un corazón duro, lleno de responsabilidades y heridas que dejó la diabetes, heridas demasiado dolorosas para olvidarse. Ahora miento.

Lo que las mujeres  quieren es alguien que les haga olvidar que en algún momento le faltó dulce a su vida... Yo quiero alguien que remplace la gastritis por sonrisas, alguien que endulce los sueños oscuros que hacen sentir nauseas. Miento.

Quiero alguien dulce, pero que no me produzca diabetes. Miento en lo que quiero.

Miento. Quiero café.

No quiero.

- Lula 

sábado, 19 de octubre de 2013

Una adicción


- ¿Y si nos vamos juntos al infierno?

- Una eternidad es mucho. -Dijo mientras calculaba cuanto tardaría el cigarrillo en quemarse. 

- Deberías dejar de fumar, eso ya es una adicción. 

- Ya soy adicta a cosas peores. 

- ¿Estás insinuando algo? - Trató de mirarla a los ojos, pero ella estaba buscando el encendedor en su bolsillo. 

- Estoy tratando de decirte que si fumo o no, no es problema tuyo. 

- ¡Sí es problema mío!. - Hubo un silencio incómodo. Él hace mucho no levantaba la voz y ella no estaba del todo bien con eso.

- No lo es, al final tu siempre te vas. Si me pasara algo tal vez me mandarías un mensaje, una tarjeta o una carta desde otro lugar... Si quieres, puedes no enviarme nada. -Dijo ella. Era el cuarto cigarrillo que se fumaba desde que sirvieron el café, él la ponía ansiosa y el café era demasiado amargo... El de los dos. 

- Te extrañaría, iría al infierno a buscarte y me quedaría allá contigo. - Las palabras se ahogaban, él gritaba pero ella había construido un muro de cristal entre los dos, de un cristal irrompible que sólo le permitía verla. 

- No me encontrarías, no te darían permiso... - Los ojos se le aguaban, sentía como se empañaban sus pestañas y como rozaban el lente de las gafas que ahora tenía lineas delicadas de tristeza. 

- No necesito permiso para hacerte sentir. - La rabia se había ido, ahora los cigarrillos eran lo de menos, ahora lo que lo inquietaba era el tono desolador de cada una de las palabras de ella, ese tono que congelaba la densa atmósfera y agujereaba los sentimientos. 


- Ya no puedes... - Se atragantó con café, un café frío e insípido. Le daba miedo pronunciar esas palabras, sabía que algo se iba a quebrar después de eso. 

- ¿Ya no puedo qué? ¿Ya no puedo verte sin sentir que necesito tus abrazos, que si no te tengo cerca no veo, que si no sonríes me falta aire? - Efectivamente, el aire se iba agotando entre los dos. 

- Deja ya la cursilería, eso a ti no se te da bien. 

- ¡Es verdad! -Se puso de pie, nadie en el café volteó la mirada, nadie quería contagiarse con esa lúgubre aura. 

- ¡Me mientes! - Respondió ella en el mismo tono, estaba alterada y dos tiernas lágrimas le recorrían las frías mejillas. El cigarrillo se apagó. 

- Tengo algo que decirte... - Se sentó - La verdad es que me muero por darte un beso, sé que nunca lo he hecho pero... - Sonó su celular, la miró, miró su celular, volvió a mirar. Dudó si contestar.

- Contesta - Dijo ella, se limpió las lagrimas, tomó su maleta y se levantó. - Adiós. 

Caminó hacia la puerta y salió, empezó a nevar, en una ciudad donde nunca nieva... Él se levantó rapidamente, pero en la salida del café la mesera le pidió el favor de que pagara la cuenta. Pagó a toda prisa y cuando salió ella ya no estaba. 

Él no pudo decirle que ya no tenía nada con la mujer de la llamada.

Ella dobló la esquina, cruzó la calle, disfrutó del frío clavandose como mil agujas en las piernas bajo la bonita falda y en sus manos mientras encendía otro cigarrillo. Contempló la nieve del infierno caer a su alrededor y sintió que las lagrimas se congelaban sobre su cara. No estaba segura de donde estaba, en un recuerdo o en un sueño, así que siguió caminando. Caminó hasta el lugar donde se acababa la imaginación y desapareció en un abrir de ojos... 

Ella no pudo decirle, él no estaba con ella... Soñar con él, eso ya es una adicción.

-Lu

viernes, 11 de octubre de 2013

Las tortugas se parecen a los libros.


Tengo una colección de tortugas, unas grandes, otras chiquitas, unas de cobre, madera, cerámica o arcilla, tela, cuero... Todas esas tortugas han sido regalos, nunca he comprado una por mi cuenta, supongo que la gente siempre que ve una tortuga recuerda lo mucho que yo las amo y me las regala. 


También tengo una colección de libros; de comedia, tragedia, obras, poemas, libros de 50 páginas y sagas casi completas... Tengo muchos libros, pero de vez en cuando los regalo porque los libros me traen recuerdos, me traen más recuerdos las tortugas, aunque los libros los he comprado yo... Muy pocos me regalan libros.

Tengo tortugas de todos los hombres que me han hecho sonreír...  Y de algunas mujeres.


Las tortugas son como mis días, hay unas pesadas, otras ligeras, unas que al caer hacen ruido y rompen baldosas y otras que simplemente se quiebran, unas claras, otras oscuras, unas sonríen y otras lloran. Tengo algunas tortugas rotas de algunas mudanzas, tengo algunos recuerdos rotos de algunas sonrisas. Tengo fotos, formas, llaveros, dibujos, aretes, collares e incluso un peluche que me trajo mi hermano de un viaje... Cualquiera que no me haya regalado una tortuga es porque no me conoce.

Cada vez que las veo me hacen sonreír. Cada una guarda un secreto distinto, cada una me recuerda una razón para que me la regalaran y una historia que terminó... Cada una me llena de una alegría nostálgica que tienen las cartas viejas o los abrazos empolvados. 


Cada libro significa alguien a quien no volveré a ver, un personaje que leí, conocí, me enamoré, lloré, me emocioné y ahora ya no existe. Es como si hubiera peleado irremediablemente con él y ya no habláramos, como si lo hubiera matado. Cada libro tiene nostalgia, como la nostalgia de las tortugas, como la nostalgia que te hace sentir alguien que vas a extrañar... En eso mis tortugas son como mis libros. 


Pero puedo soportar más fácil la melancolía de perder a alguien que me diera una tortuga a alguien que me dejó leerlo, porque por lo general los personajes de los libros son, por eso a este viaje sólo voy a llevar un libro que aún no he leído y una serie interminable de tortugas. 

Sólo he perdido una tortuga. Cuando la veía me hacía llorar;  era la tortuga que me regaló en Octubre alguien que está muerto, no como los personajes de los libros, está muerto de verdad... Es la única tortuga a la que menosprecié, tal vez porque la apreciaba demasiado.  

... Si yo escribiera un libro sobre las personas que me regalaron tortugas, seguro serían historias perfectas. 


- Lu

Lejos

Volvió a leer el cuento corto. Ya lo sabía de memoria, pero le gustaba vivir en una vida que no era de ella. Cerró los ojos y se imaginó all...